Sin embargo, este progreso no está exento de preocupaciones. La dependencia excesiva de la tecnología puede llevar a la pérdida de habilidades básicas, la desconexión interpersonal y la erosión de la privacidad. La brecha digital sigue siendo una realidad, con millones de personas en todo el mundo excluidas del acceso a las herramientas y recursos digitales que se consideran fundamentales en la sociedad contemporánea.
Además, la creciente omnipresencia de la informática plantea serios interrogantes éticos y sociales. Desde cuestiones de seguridad cibernética y protección de datos hasta el impacto en el empleo y la equidad, la rápida evolución de la tecnología nos obliga a enfrentar dilemas complejos que requieren respuestas reflexivas y deliberadas.
A pesar de estos desafíos, creo firmemente en el poder transformador de la informática cuando se utiliza de manera responsable y ética. Podemos aprovechar su potencial para abordar problemas urgentes como el cambio climático, la atención médica y la educación, creando soluciones innovadoras que beneficien a la humanidad en su conjunto.